Todólogos

Observo con preocupación cómo a los profesores de secundaria se nos exige poder impartir el mayor número de asignaturas. En los meses en los que llevo buscando trabajo me he topado con, entre otras, las siguientes ofertas de empleo:

  • Profesor de secundaria. Imprescindible: lengua y literatura, latín y geografía e historia. Valorable: religión.
  • Profesor de secundaria de lengua y literatura, inglés y francés.
  • Profesor de secundaria que pueda impartir lengua y literatura, filosofía e historia.

Para los que no son del gremio, va la siguiente explicación. Existen las llamadas asignaturas «afines», es decir, aquellas que pertenecen a la misma rama del conocimiento. Si eres de una carrera de humanidades, puedes enseñar las demás materias de dicha rama habiendo aprobado 24 créditos universitarios de la asignatura en cuestión. Si se trata de idiomas, con tener un certificado oficial del B2 es suficiente.

Un amigo me decía que impartir Historia no es tan difícil: te lo estudias el día de antes y se lo cuentas a los alumnos. En ese tipo de pensamiento residen muchos de nuestros problemas. Enseñar el conocimiento no consiste en aprenderse datos de memoria y vomitárselos a los estudiantes. Tenemos, como sociedad, una visión del aprendizaje muy ligada a la memorización. Los nuevos planes educativos proponen, acertadamente, una enseñanza basada en competencias. Sin embargo, en muchas ocasiones se sigue educando desde un modelo memorístico.

Hablaba con otro amigo de la importancia de que los profesores amemos el saber y les transmitamos esa pasión a los jóvenes. Además, es imprescindible que un docente sea capaz de interrelacionar el conocimiento, que pueda ver más allá de su asignatura, pero de ahí a ser todólogos (profesores de todo), hay un largo trecho…

Ante la búsqueda infructuosa de una plaza como profesora de lengua y literatura, decidí que tenía que rellenar mi curriculum. Solución: estudiar, al menos, 24 créditos de Clásicas y sacarme el título de inglés. En ello estoy. En mi caso, como filóloga, creo que es más fácil poder enseñar otros idiomas, ya que las destrezas son las mismas (comprensión lectora o expresión escrita, entre otras). Cambia el idioma, pero no tanto la metodología. Y siempre he amado las lenguas y he querido aprender muchas. En cuanto a clásicas, es otro de mis amores. Estuve a punto de estudiar filológica clásica en vez de hispánica, pero decidí que traducir tanto era aburrido. Sin embargo, no me veo preparada para enseñar latín y griego en bachiller con sólo 24 créditos. Cultura clásica y latín de secundaria es más factible. La cuestión es que, una vez tenga la habilitación de la Comunidad de Madrid, se supone que puedo impartir esas tres asignaturas tanto en ESO como en bachiller.

Más allá del malestar que podamos sentir los docentes, ¿qué les estamos transmitiendo a las nuevas generaciones? ¿Es esta la manera en la que queremos formarlas? ¿No vemos que, para poder enseñar un pedacito de una materia, es necesario dominar un pedazote? ¿Vamos a seguir esperando de los alumnos que memoricen y memoricen datos o vamos a enseñarles a pensar? ¿Nos paramos a reflexionar, aunque sea de vez en cuando, que el sistema educativo es la base de nuestra sociedad futura?

La carrera de la vida

Fui una alumna ejemplar. No sólo porque sacaba buenas notas, atendía y participaba en clase; también porque socializaba el conocimiento: repartía apuntes, resolvía dudas de mis compañeros, ayudaba a quien me lo pedía… Saqué muy buena nota en la PAU (así se llamaba la prueba de acceso a la universidad que me tocó hacer) e hice mi carrera tomándomela en serio. Desde poco antes de los catorce años empecé a trabajar como profesora particular. Fui teniendo más alumnos y especializándome en la enseñanza de lenguas a medida que avanzaba en mis estudios. Me gradué en Estudios Hispánicos y me fui a vivir al extranjero, donde ejercí la docencia en secundaria y estuve ligada a la universidad (haciendo un doctorado que tuve que abandonar por incompatibilidad de tiempos con el trabajo y por un desencanto total con el mundo de la academia). Tras cuatro años volví a Madrid. Tuve que hacer el máster de profesorado para poder seguir dedicándome a mi profesión y viví durante un año a duras penas, con la ayuda de mi familia, un subsidio de emigrante retornada y algunas clases particulares. Me di en cuerpo y alma al máster, algo que no se merecía, porque la implicación de muchos profesores era más bien baja. Me rompí la cabeza para formular un TFM (Trabajo de Fin de Máster) que desarrollara una unidad didáctica innovadora pero con los pies en la tierra. A la semana de haber defendido el TFM conseguí trabajo: un contrato covid de refuerzo en Lengua  y literatura. Me pasé un curso académico adaptándome a cuatro compañeras de asignatura: yo estaba en tres de las cinco horas de clase de cada curso (ellas estaban las cinco horas). Cada una tenía su estilo y esperaba funciones diferentes de mi persona. Hice lo mejor que pude, a pesar de no estar pedagógicamente de acuerdo en muchas decisiones. Nunca las cuestioné frente al aula ni frente a las jefas. Mi contrato tenía fecha de vencimiento: el último día de clase (decisión de la Comunidad de Madrid). Ni siquiera pude asistir al claustro de fin de curso, estar presente en la entrega de notas a las familias, despedirme en condiciones de mis colegas de trabajo. Después de haber trabajado durante todo el curso escolar, disfruté de veintidós días de vacaciones: apenas me cubrieron hasta mediados de julio. Ahora que no existe septiembre (y que, por lo tanto, no hay clases particulares en verano), echar a una profesora en junio y pagarle tan pocas vacaciones es condenarla a no tener ninguna posibilidad de remuneración durante un mes o mes y medio (como fue mi caso).

Me dijeron algunas amigas que mi curriculum era aburrido: tenía un formato académico que no resultaba llamativo hoy en día. Me pasé horas y horas en Canva tratando de reunir todos los requisitos del mundo laboral de hoy: resumir mis estudios, idiomas, experiencia laboral, voluntariados, cursos de formación, etc. en dos páginas para no aburrir a la persona que lo leyera; utilizar un formato estético y atractivo; añadir mi toque personal: una carta de presentación en la tercera página y un mini dossier de algunos proyectos realizados con mi alumnado en las páginas cuatro y cinco. Me registré en todas las páginas web de empleo habidas y por haber. Rellené manualmente, cada vez, todos los datos de mi CV. Pagué por estar en bolsas de trabajo de educación. Establecí alertas en todas las páginas para “profesora de lengua y literatura en Madrid”. Pasaron julio y agosto, no aparecieron ofertas. Llegó septiembre: el mes de efervescencia en la contratación de profesores. Aparecieron algunas ofertas, muchas de ellas cerraron el proceso de selección sin haber leído mi curriculum. Conseguí llegar a una entrevista de trabajo, que derivó en una segunda reunión que, a su vez, me llevó a dar una clase de prueba. En cada instancia lo hice mejor que en la anterior. Aun así, tardaron cinco días en llamarme para decirme, dando mil vueltas, que no me contrataban. Era para una baja de maternidad de unos meses (ni siquiera la odisea era para conseguir una plaza fija). Me decepcioné mucho. Pero pensé que era la primera vez que iba a una entrevista y no se decidían a contratarme: alguna vez me tenía que suceder. Seguí buscando ofertas incansablemente. No aparecía mi oportunidad.

Tres meses sin trabajar. El SEPE todavía no ha resuelto mi solicitud para cobrar el subsidio que me corresponde. Los ahorros se van acabando. No hay esperanzas, a corto plazo, de conseguir un trabajo. Hay gente que me pregunta si no he mandado mi CV a tal o cual colegio, como si yo no estuviera poniendo el suficiente interés en conseguir empleo. Otros me preguntan que cómo no me pongo a buscar de otra cosa, ellos lo harían. Desesperada, no acostumbrada a este «fracaso» laboral, entro un viernes a las 22:00 en Infojobs resuelta a inscribirme en lo primero que aparezca. Empiezo a ver ofertas de creadora de contenido, community manager, en puestos de trabajo de los que ni siquiera entiendo el nombre… Todo me pide «experiencia mínima comprobable de x tiempo». Hay puestos a los que podría presentarme: por mi conocimiento y recorrido vital, podría realizarlos exitosamente, pero Infojobs me recuerda que no tengo la experiencia exigida y que es mejor no postularme a trabajos en los que no cumplo los requisitos. Al borde de las lágrimas,  me inscribo en una oferta de teleoperadora con un sueldo bruto de 900-1200€ al mes y en otra de creadora de contenido, pasando por alto la experiencia requerida y sin saber cuál es el sueldo que ofrecen.

Para seguir «abriéndome puertas» me he matriculado hace un par de meses en un microgrado de la UNED para habilitarme como profesora de Clásicas. Está todo el tiempo en mi mente la urgencia de realizar un examen oficial para acreditar el C1 de inglés y, desde hace menos tiempo, también me he creado la obligación de intentar, no dentro de mucho, hacer un curso del nivel B2 de francés. A mi generación nos grabaron a fuego que «los idiomas te abren muchas puertas».  Cuando logre todo esto, ¿qué va a ser lo siguiente que me exija el mercado laboral? ¿Cómo seguir estudiando y obteniendo títulos si estoy condenada a la precariedad laboral? ¿Cómo seguir el proyecto de vida que decidí con mi pareja si ni siquiera sé cómo voy a pagar el alquiler dentro de dos meses? Si en casi todo piden «experiencia mínima comprobable», ¿cómo voy a poder conseguir alguna vez trabajo en algo que no sea profesora de lengua y literatura (lo único de lo que tengo experiencia comprobable)? ¿Qué hago: sigo realizando cursos para especializarme cada vez más como profesora o me saco una ingeniería en «estudia todo lo que puedas, cuantas más puertas te abra, mejor»? ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar cuerda? ¿Cómo no se vuelve completamente loca y depresiva la gente que se pasa varios años en paro? ¿Y los que no han tenido mis privilegios y no cuentan con las mismas herramientas que yo?

Realmente, el trabajo dignifica.