Cómo no amarlos

A menudo lo pienso, pero durante las últimas semanas no me ha cabido duda: los argentinos son unos locos hermosos. Ellos me enseñaron lo que era la PASIÓN. Antes de vivir en Argentina, no sabía lo que era un pecho frío ni una celebración popular como Perón manda.

La vida en Córdoba (Argentina) fue dura para mí. Creo que siempre es difícil mudarse y adaptarse a una nueva cultura y a un nuevo estilo de vida. Y aunque Córdoba sea especialista en recordarnos a los de fuera que no somos cordobeses, no faltaba ocasión para que la gente se pusiera a charlar conmigo, me preguntara qué hacía por ahí, me invitara a un mate, me contara la historia de su familia… Los argentinos, en general, son muy dados con los desconocidos. De hecho, un estudio de no sé qué universidad dictaminó hace unos años que los argentos son la nacionalidad que menos espacio físico deja en el contacto interpersonal.

En Córdoba vi lo comunitarios que son los argentinos. De las principales cosas que asociamos a ellos son todas en comunidad: el mate, el asado, el fútbol. Un tío de Matías nos contó de un japonés al que había conocido en un viaje que había quedado fascinado con el mate, pero que se había comprado sus propios bártulos y mateaba en solitario. Para los argentinos es algo inaudito. Parece que aquello que se comparte sabe mejor. En el grupo de amigos, por ejemplo, el ferné con coca (bebida típicamente cordobesa) se prepara en un recipiente grande y todos beben del mismo sitio. Por suerte, desde que puse los pies sobre tierra argentina dejé de ser escrupulosa.

Aparte de comunitarios, ya he dicho que los argentinos son apasionados. Todavía recuerdo el día que conocí a las amigas de mi pareja y me contaron toda la épica peronista entre llantos. Tal fue la pasión de su relato, que temí que, el por entonces novio de hacía unos días, no fuera a querer nada serio conmigo por no ser peronista (luego descubrí que él no lo era, pero esa es otra historia). En los primeros asados acompañando a mi novio me sentía muy fuera de lugar, no entendía si se peleaban, si estaban de acuerdo o si esa era su forma de «dialogar».

Luego aprendí quiénes eran las madres y abuelas de la Plaza de Mayo y se me puso la piel de gallina escuchando la rueda de prensa de restitución de una nieta. Vi a mi marido ver los partidos de fútbol. Viví un Mundial. Fui a marchas. Escuché primero y participé después de las discusiones políticas. Estudié en la universidad pública. Intenté convencer a un trosko de que votara en las próximas elecciones en un autobús el día del padre que se fue la luz en todo el país y parte del extranjero. A esas alturas ya me habían argentinizado, peronizado, apasionado y todos los –ados que se nos ocurran.

Volvamos al fútbol. Para cuando Argentina jugó la última Copa de América, mi marido y yo nos habíamos venido a vivir a Madrid. Se viralizaron los vídeos de la selección, el Dibu comiéndose a los colombianos… Luego se hicieron famosos el «no le pudo hacer upa», el 5 de copas y toda la mística que envolvió a los jugadores.

Se acercaba el Mundial Qatar 2022. Mi marido me dijo que se había pedido la segunda semana de la fase de grupos de vacaciones para verlo. Me sentó mal que lo hiciera sin haberme dicho nada antes. También pensé que me parecía un poco boludez. Se fue acercando más la fecha de inicio. Empezaron a correr las «coincidencias». Me fui emocionando con la cita deportiva y cada vez me parecía mejor que mi marido se hubiese pedido las vacaciones para disfrutarlo (también se pidió día libre en los siguientes partidos de la selección).

Me daba tanta pena que Matías no pudiera vivir el Mundial rodeado de sus amigos, que le puse toda la onda. Vi con él todos los partidos posibles (incluso en los que no jugaba Argentina). Le preguntaba todo: las reglas del juego, por qué hacían esto o aquello, los nombres de los jugadores ochocientas veces… Finalmente, terminaron atrapándome en su locura y pasión: 24/7 mirando las novedades en Twitter, acosando las redes sociales de los jugadores, defendiendo a Argentina a capa y espada frente al mundo ignorante, ilusionándome (e incluso emocionándome) con las «coincidencias». Hubo un día en el que ni siquiera pude escuchar La Base (un pódcast de análisis político), cosa que hago a diario: sólo quería vídeos y noticias de la selección argentina.

Mi marido se puso a llorar con el gol de Angelito. Era un llanto de emoción, pero también de mucha tensión acumulada. En ese momento tuve el presentimiento de que se nos iba a dar, pero lo íbamos a sufrir. Efectivamente, estuvimos al borde del infarto hasta el último momento. En el alargue me entraron ganas de vomitar. No entendía qué me estaba pasando. Y, después, la euforia total.

Los argentinos saben festejar mejor que nadie. ¿En qué cabeza cabe que, en una ciudad de tres millones y pico de habitantes, se junten cinco millones y medio de personas para recibir a los campeones del mundo? ¿Alguien ha visto semejante alegría colectiva? ¿Saben de otro de país en el que se encaramen a lo más alto de lo que haya: semáforos, farolas, paradas de bondi, árboles de Navidad, etc., para expresar su alegría? ¿Existe otra nacionalidad que se contagie a través del júbilo? ¿Quiénes son los mejores letristas del mundo? ¿Hay algún otro país que los tenga a D10S, al Messías y al Papa? ¿Algún otro campeón del mundo celebró alguna vez su victoria durante días y días?

Después de haber conocido a los argentinos de cerca y de haber vivido este mundial, me digo: ¿cómo no amarlos?