Podcast. «El otro Cristo»

¿Herejía, ficción, la verdadera historia?…

En este episodio abordamos una relectura de los Evangelios que hizo Abelardo Castillo a partir de las dudas que le generaba la traición de Judas. Esa duda estuvo presente desde su primera obra, El otro Judas, hasta su última novela, El evangelio según Van Hutten. Esa duda no solo es sobre la historia, también abarca la fe, el cristianismo y la Iglesia. Con un tono policial, se cuenta la historia de un arqueólogo que descubrió que Cristo era algo más de lo que se dice en los Evangelios.

Esta es la lectura asociada al capítulo:

Podcast. «Vuelo cancelado»

La lectura es un acto que implica interpretación, superar el límite de la literalidad, no quedarse en lecturas lineales. La mala lectura es una de las formas que lleva a la cancelación, cultura hegemónica en estos tiempos. En este episodio hacemos una reflexión sobre la cultura de la cancelación a partir de la relectura de El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez

Lectura asociada al capítulo:

Todólogos

Observo con preocupación cómo a los profesores de secundaria se nos exige poder impartir el mayor número de asignaturas. En los meses en los que llevo buscando trabajo me he topado con, entre otras, las siguientes ofertas de empleo:

  • Profesor de secundaria. Imprescindible: lengua y literatura, latín y geografía e historia. Valorable: religión.
  • Profesor de secundaria de lengua y literatura, inglés y francés.
  • Profesor de secundaria que pueda impartir lengua y literatura, filosofía e historia.

Para los que no son del gremio, va la siguiente explicación. Existen las llamadas asignaturas «afines», es decir, aquellas que pertenecen a la misma rama del conocimiento. Si eres de una carrera de humanidades, puedes enseñar las demás materias de dicha rama habiendo aprobado 24 créditos universitarios de la asignatura en cuestión. Si se trata de idiomas, con tener un certificado oficial del B2 es suficiente.

Un amigo me decía que impartir Historia no es tan difícil: te lo estudias el día de antes y se lo cuentas a los alumnos. En ese tipo de pensamiento residen muchos de nuestros problemas. Enseñar el conocimiento no consiste en aprenderse datos de memoria y vomitárselos a los estudiantes. Tenemos, como sociedad, una visión del aprendizaje muy ligada a la memorización. Los nuevos planes educativos proponen, acertadamente, una enseñanza basada en competencias. Sin embargo, en muchas ocasiones se sigue educando desde un modelo memorístico.

Hablaba con otro amigo de la importancia de que los profesores amemos el saber y les transmitamos esa pasión a los jóvenes. Además, es imprescindible que un docente sea capaz de interrelacionar el conocimiento, que pueda ver más allá de su asignatura, pero de ahí a ser todólogos (profesores de todo), hay un largo trecho…

Ante la búsqueda infructuosa de una plaza como profesora de lengua y literatura, decidí que tenía que rellenar mi curriculum. Solución: estudiar, al menos, 24 créditos de Clásicas y sacarme el título de inglés. En ello estoy. En mi caso, como filóloga, creo que es más fácil poder enseñar otros idiomas, ya que las destrezas son las mismas (comprensión lectora o expresión escrita, entre otras). Cambia el idioma, pero no tanto la metodología. Y siempre he amado las lenguas y he querido aprender muchas. En cuanto a clásicas, es otro de mis amores. Estuve a punto de estudiar filológica clásica en vez de hispánica, pero decidí que traducir tanto era aburrido. Sin embargo, no me veo preparada para enseñar latín y griego en bachiller con sólo 24 créditos. Cultura clásica y latín de secundaria es más factible. La cuestión es que, una vez tenga la habilitación de la Comunidad de Madrid, se supone que puedo impartir esas tres asignaturas tanto en ESO como en bachiller.

Más allá del malestar que podamos sentir los docentes, ¿qué les estamos transmitiendo a las nuevas generaciones? ¿Es esta la manera en la que queremos formarlas? ¿No vemos que, para poder enseñar un pedacito de una materia, es necesario dominar un pedazote? ¿Vamos a seguir esperando de los alumnos que memoricen y memoricen datos o vamos a enseñarles a pensar? ¿Nos paramos a reflexionar, aunque sea de vez en cuando, que el sistema educativo es la base de nuestra sociedad futura?

Año nuevo, ¿vida nueva?

Entre los últimos días del año y los primeros del siguiente, es muy habitual leer recapitulaciones de lo que ha sido el año que se va, observar recopilaciones de las mejores fotos en Instagram, ver enunciados los propósitos para el año que entra… A veces me hace gracia, sobre todo cuando el marketing explota estos conceptos y nos vende publicidades horribles para que hagamos determinadas cosas (como apuntarnos al gimnasio). Cuando estoy más odiosa, incluso pienso que es una estupidez y que mis redes sociales están anegadas de topicazos que escribimos todos los años y que son absurdos. No sé el resto, pero yo me acuerdo que el 1 de enero de 2020 brindamos diciendo que iba a ser un gran año… Como hemos dicho todos los años. Si los pronósticos se cumplieran, a estas alturas viviríamos en una utopía ideal.

Si bien me parece absurdo confiar que, por el hecho de pasar de un año a otro, las cosas vayan a ir mejor, creo que el ejercicio de revisión de lo que hemos hecho y la planificación del porvenir es sano. Los japoneses limpian la casa a fondo, haciendo especial hincapié en las zonas que no suelen cuidar tanto a diario. Imagino que la limpieza del hogar es una metáfora de la preparación espiritual, del quitarse de encima aquello que no nos ha hecho bien. Si el cambio de un año a otro nos ayuda a recordar que revisar nuestra vida no viene mal, bienvenido sea. Igual que los dentistas nos dicen que cambiemos el cepillo de dientes al inicio de cada estación: es una técnica estupenda para acordarnos de renovarlo cada tres meses (en mi casa nos funciona).

Aunque recuerde con bastante nitidez el pasado y, en muchas ocasiones, lo añore, en ningún momento de mi vida he deseado volver a él, a cuando tenía x años o viví determinada experiencia. Para mí, el pasado está ahí, es importante y me sirve de brújula en la vida, pero no querría volver a absolutamente ningún momento, ni siquiera a los felices: ya los viví una vez y ahora me toca vivir otras cosas. Cada vez me proyecto menos en el futuro. Tengo una idea de lo que me gustaría hacer, de cuál es mi proyecto de vida…, pero la vida me ha dado tantas vueltas, que tampoco me parece sensato estar programando el futuro al detalle: ya veremos lo que trae el porvenir, casi nunca es lo que me había imaginado ni tenía planeado.

¿Carpe diem? Tampoco creo que sea cuestión de vivir el momento, sin pensar en lo que viene después, sin tener en cuenta cómo llegué hasta aquí, viviendo como si fuera a morir al día siguiente. Como todo, en su justa medida. Creo que la clave es saber quién soy, de dónde vengo, dónde estoy parada ahora y qué espero, más o menos, del futuro. Recapitular una y otra vez, aprender de los errores, disfrutar de los buenos momentos y las buenas compañías, ser crítica y honesta conmigo misma y tener ganas de seguir viviendo. Ni voy a conseguir trabajo mañana por desearlo con muchas ganas ni tiene sentido que me amargue pensando que mi vida no va a cambiar.

Bienvenidos sean el 2023 y las reflexiones sobre nuestras vidas (aunque luego vayamos a repetirlas en el 2024).

Cómo no amarlos

A menudo lo pienso, pero durante las últimas semanas no me ha cabido duda: los argentinos son unos locos hermosos. Ellos me enseñaron lo que era la PASIÓN. Antes de vivir en Argentina, no sabía lo que era un pecho frío ni una celebración popular como Perón manda.

La vida en Córdoba (Argentina) fue dura para mí. Creo que siempre es difícil mudarse y adaptarse a una nueva cultura y a un nuevo estilo de vida. Y aunque Córdoba sea especialista en recordarnos a los de fuera que no somos cordobeses, no faltaba ocasión para que la gente se pusiera a charlar conmigo, me preguntara qué hacía por ahí, me invitara a un mate, me contara la historia de su familia… Los argentinos, en general, son muy dados con los desconocidos. De hecho, un estudio de no sé qué universidad dictaminó hace unos años que los argentos son la nacionalidad que menos espacio físico deja en el contacto interpersonal.

En Córdoba vi lo comunitarios que son los argentinos. De las principales cosas que asociamos a ellos son todas en comunidad: el mate, el asado, el fútbol. Un tío de Matías nos contó de un japonés al que había conocido en un viaje que había quedado fascinado con el mate, pero que se había comprado sus propios bártulos y mateaba en solitario. Para los argentinos es algo inaudito. Parece que aquello que se comparte sabe mejor. En el grupo de amigos, por ejemplo, el ferné con coca (bebida típicamente cordobesa) se prepara en un recipiente grande y todos beben del mismo sitio. Por suerte, desde que puse los pies sobre tierra argentina dejé de ser escrupulosa.

Aparte de comunitarios, ya he dicho que los argentinos son apasionados. Todavía recuerdo el día que conocí a las amigas de mi pareja y me contaron toda la épica peronista entre llantos. Tal fue la pasión de su relato, que temí que, el por entonces novio de hacía unos días, no fuera a querer nada serio conmigo por no ser peronista (luego descubrí que él no lo era, pero esa es otra historia). En los primeros asados acompañando a mi novio me sentía muy fuera de lugar, no entendía si se peleaban, si estaban de acuerdo o si esa era su forma de «dialogar».

Luego aprendí quiénes eran las madres y abuelas de la Plaza de Mayo y se me puso la piel de gallina escuchando la rueda de prensa de restitución de una nieta. Vi a mi marido ver los partidos de fútbol. Viví un Mundial. Fui a marchas. Escuché primero y participé después de las discusiones políticas. Estudié en la universidad pública. Intenté convencer a un trosko de que votara en las próximas elecciones en un autobús el día del padre que se fue la luz en todo el país y parte del extranjero. A esas alturas ya me habían argentinizado, peronizado, apasionado y todos los –ados que se nos ocurran.

Volvamos al fútbol. Para cuando Argentina jugó la última Copa de América, mi marido y yo nos habíamos venido a vivir a Madrid. Se viralizaron los vídeos de la selección, el Dibu comiéndose a los colombianos… Luego se hicieron famosos el «no le pudo hacer upa», el 5 de copas y toda la mística que envolvió a los jugadores.

Se acercaba el Mundial Qatar 2022. Mi marido me dijo que se había pedido la segunda semana de la fase de grupos de vacaciones para verlo. Me sentó mal que lo hiciera sin haberme dicho nada antes. También pensé que me parecía un poco boludez. Se fue acercando más la fecha de inicio. Empezaron a correr las «coincidencias». Me fui emocionando con la cita deportiva y cada vez me parecía mejor que mi marido se hubiese pedido las vacaciones para disfrutarlo (también se pidió día libre en los siguientes partidos de la selección).

Me daba tanta pena que Matías no pudiera vivir el Mundial rodeado de sus amigos, que le puse toda la onda. Vi con él todos los partidos posibles (incluso en los que no jugaba Argentina). Le preguntaba todo: las reglas del juego, por qué hacían esto o aquello, los nombres de los jugadores ochocientas veces… Finalmente, terminaron atrapándome en su locura y pasión: 24/7 mirando las novedades en Twitter, acosando las redes sociales de los jugadores, defendiendo a Argentina a capa y espada frente al mundo ignorante, ilusionándome (e incluso emocionándome) con las «coincidencias». Hubo un día en el que ni siquiera pude escuchar La Base (un pódcast de análisis político), cosa que hago a diario: sólo quería vídeos y noticias de la selección argentina.

Mi marido se puso a llorar con el gol de Angelito. Era un llanto de emoción, pero también de mucha tensión acumulada. En ese momento tuve el presentimiento de que se nos iba a dar, pero lo íbamos a sufrir. Efectivamente, estuvimos al borde del infarto hasta el último momento. En el alargue me entraron ganas de vomitar. No entendía qué me estaba pasando. Y, después, la euforia total.

Los argentinos saben festejar mejor que nadie. ¿En qué cabeza cabe que, en una ciudad de tres millones y pico de habitantes, se junten cinco millones y medio de personas para recibir a los campeones del mundo? ¿Alguien ha visto semejante alegría colectiva? ¿Saben de otro de país en el que se encaramen a lo más alto de lo que haya: semáforos, farolas, paradas de bondi, árboles de Navidad, etc., para expresar su alegría? ¿Existe otra nacionalidad que se contagie a través del júbilo? ¿Quiénes son los mejores letristas del mundo? ¿Hay algún otro país que los tenga a D10S, al Messías y al Papa? ¿Algún otro campeón del mundo celebró alguna vez su victoria durante días y días?

Después de haber conocido a los argentinos de cerca y de haber vivido este mundial, me digo: ¿cómo no amarlos?

Podcast. «Bienvenidos a Santa María»

En este episodio nos acercamos a la ciudad de Santa María, conocemos a su fundador y a algunos de sus habitantes y sus cuestionamientos existenciales, que los llevan a la acción o a la inacción, y nos acercamos a la literatura del maestro Juan Carlos Onetti.

Lectura asociada a este episodio:

Taller de lectura feminista

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Tallas especiales

Estoy en el probador, me intento subir otro pantalón que tampoco me está. Me miro en el espejo, miro mis rollos, mi cuerpo voluptuoso. Me entran ganas de llorar. Soy una vaca, estoy horrible. Me vuelvo a poner mi ropa y me calzo los zapatos. Le devuelvo toda la ropa a la mujer del probador. Vago por los pasillos de la tienda como un alma en pena. Estoy fuera de mi cuerpo, que es una masa que se mueve con lentitud, casi arrastrando los pies. Sólo tengo ganas de ir y merendar algo rico que me saque algo de esta desazón. Pero, ¿cómo voy a seguir comiendo? ¡Si ese es el motivo de todos mis males! Bah, total, qué más da, si no me ha cabido nada…

En el camino a casa, la tristeza y la decepción van dejando paso al enfado. ¿Por qué en un sitio tan grande con ropa de un montón de marcas no hay nada para mí? ¿Por qué tengo que conformarme con ir a un rinconcito señalado con el cartel «tallas especiales» lleno de ropa horrible? ¿Qué me hace especial? ¿Ser gorda? ¿Las gordas somos especiales? Nunca he sentido que la sociedad me tratara como alguien especial por salirme de los cánones de belleza establecidos…

Hace unos días entré en un Zara gigante de tres plantas: no había absolutamente nada que me pudiera estar. Las tallas que suele haber en una tienda: 34, 36, 38, 40, 42 y, con suerte, 44. O: xs, s, m, l y, con suerte, xl. Cuando yo camino por la calle, veo taaaaaantos cuerpos distintos, más grandes, más chicos, alargados, redondos, con rollos, sin ellos, con una hermosa panza redonda… ¿Cómo es posible que la industria textil pretenda meter toda esta variedad en seis tallas? ¿Y las tiendas que sólo tienen talla única? Nunca entenderé eso de la talla única.

Por suerte, di con una tienda para gordas. Además es de producción nacional. La ropa es cara, pero muy linda y me queda muy bien. Voy con culpa a comprar, porque, ¿cómo me voy a gastar 45€ en un pantalón o 38€ en una blusa? Pues sí, me lo merezco. Me merezco vestir ropa que me guste, que me haga sentirme bien con mi cuerpo, que me haga sentirme un poquito diosa (aunque sea un ratito). Si tuviera algo más de dinero, qué linda iría siempre…

La carrera de la vida

Fui una alumna ejemplar. No sólo porque sacaba buenas notas, atendía y participaba en clase; también porque socializaba el conocimiento: repartía apuntes, resolvía dudas de mis compañeros, ayudaba a quien me lo pedía… Saqué muy buena nota en la PAU (así se llamaba la prueba de acceso a la universidad que me tocó hacer) e hice mi carrera tomándomela en serio. Desde poco antes de los catorce años empecé a trabajar como profesora particular. Fui teniendo más alumnos y especializándome en la enseñanza de lenguas a medida que avanzaba en mis estudios. Me gradué en Estudios Hispánicos y me fui a vivir al extranjero, donde ejercí la docencia en secundaria y estuve ligada a la universidad (haciendo un doctorado que tuve que abandonar por incompatibilidad de tiempos con el trabajo y por un desencanto total con el mundo de la academia). Tras cuatro años volví a Madrid. Tuve que hacer el máster de profesorado para poder seguir dedicándome a mi profesión y viví durante un año a duras penas, con la ayuda de mi familia, un subsidio de emigrante retornada y algunas clases particulares. Me di en cuerpo y alma al máster, algo que no se merecía, porque la implicación de muchos profesores era más bien baja. Me rompí la cabeza para formular un TFM (Trabajo de Fin de Máster) que desarrollara una unidad didáctica innovadora pero con los pies en la tierra. A la semana de haber defendido el TFM conseguí trabajo: un contrato covid de refuerzo en Lengua  y literatura. Me pasé un curso académico adaptándome a cuatro compañeras de asignatura: yo estaba en tres de las cinco horas de clase de cada curso (ellas estaban las cinco horas). Cada una tenía su estilo y esperaba funciones diferentes de mi persona. Hice lo mejor que pude, a pesar de no estar pedagógicamente de acuerdo en muchas decisiones. Nunca las cuestioné frente al aula ni frente a las jefas. Mi contrato tenía fecha de vencimiento: el último día de clase (decisión de la Comunidad de Madrid). Ni siquiera pude asistir al claustro de fin de curso, estar presente en la entrega de notas a las familias, despedirme en condiciones de mis colegas de trabajo. Después de haber trabajado durante todo el curso escolar, disfruté de veintidós días de vacaciones: apenas me cubrieron hasta mediados de julio. Ahora que no existe septiembre (y que, por lo tanto, no hay clases particulares en verano), echar a una profesora en junio y pagarle tan pocas vacaciones es condenarla a no tener ninguna posibilidad de remuneración durante un mes o mes y medio (como fue mi caso).

Me dijeron algunas amigas que mi curriculum era aburrido: tenía un formato académico que no resultaba llamativo hoy en día. Me pasé horas y horas en Canva tratando de reunir todos los requisitos del mundo laboral de hoy: resumir mis estudios, idiomas, experiencia laboral, voluntariados, cursos de formación, etc. en dos páginas para no aburrir a la persona que lo leyera; utilizar un formato estético y atractivo; añadir mi toque personal: una carta de presentación en la tercera página y un mini dossier de algunos proyectos realizados con mi alumnado en las páginas cuatro y cinco. Me registré en todas las páginas web de empleo habidas y por haber. Rellené manualmente, cada vez, todos los datos de mi CV. Pagué por estar en bolsas de trabajo de educación. Establecí alertas en todas las páginas para “profesora de lengua y literatura en Madrid”. Pasaron julio y agosto, no aparecieron ofertas. Llegó septiembre: el mes de efervescencia en la contratación de profesores. Aparecieron algunas ofertas, muchas de ellas cerraron el proceso de selección sin haber leído mi curriculum. Conseguí llegar a una entrevista de trabajo, que derivó en una segunda reunión que, a su vez, me llevó a dar una clase de prueba. En cada instancia lo hice mejor que en la anterior. Aun así, tardaron cinco días en llamarme para decirme, dando mil vueltas, que no me contrataban. Era para una baja de maternidad de unos meses (ni siquiera la odisea era para conseguir una plaza fija). Me decepcioné mucho. Pero pensé que era la primera vez que iba a una entrevista y no se decidían a contratarme: alguna vez me tenía que suceder. Seguí buscando ofertas incansablemente. No aparecía mi oportunidad.

Tres meses sin trabajar. El SEPE todavía no ha resuelto mi solicitud para cobrar el subsidio que me corresponde. Los ahorros se van acabando. No hay esperanzas, a corto plazo, de conseguir un trabajo. Hay gente que me pregunta si no he mandado mi CV a tal o cual colegio, como si yo no estuviera poniendo el suficiente interés en conseguir empleo. Otros me preguntan que cómo no me pongo a buscar de otra cosa, ellos lo harían. Desesperada, no acostumbrada a este «fracaso» laboral, entro un viernes a las 22:00 en Infojobs resuelta a inscribirme en lo primero que aparezca. Empiezo a ver ofertas de creadora de contenido, community manager, en puestos de trabajo de los que ni siquiera entiendo el nombre… Todo me pide «experiencia mínima comprobable de x tiempo». Hay puestos a los que podría presentarme: por mi conocimiento y recorrido vital, podría realizarlos exitosamente, pero Infojobs me recuerda que no tengo la experiencia exigida y que es mejor no postularme a trabajos en los que no cumplo los requisitos. Al borde de las lágrimas,  me inscribo en una oferta de teleoperadora con un sueldo bruto de 900-1200€ al mes y en otra de creadora de contenido, pasando por alto la experiencia requerida y sin saber cuál es el sueldo que ofrecen.

Para seguir «abriéndome puertas» me he matriculado hace un par de meses en un microgrado de la UNED para habilitarme como profesora de Clásicas. Está todo el tiempo en mi mente la urgencia de realizar un examen oficial para acreditar el C1 de inglés y, desde hace menos tiempo, también me he creado la obligación de intentar, no dentro de mucho, hacer un curso del nivel B2 de francés. A mi generación nos grabaron a fuego que «los idiomas te abren muchas puertas».  Cuando logre todo esto, ¿qué va a ser lo siguiente que me exija el mercado laboral? ¿Cómo seguir estudiando y obteniendo títulos si estoy condenada a la precariedad laboral? ¿Cómo seguir el proyecto de vida que decidí con mi pareja si ni siquiera sé cómo voy a pagar el alquiler dentro de dos meses? Si en casi todo piden «experiencia mínima comprobable», ¿cómo voy a poder conseguir alguna vez trabajo en algo que no sea profesora de lengua y literatura (lo único de lo que tengo experiencia comprobable)? ¿Qué hago: sigo realizando cursos para especializarme cada vez más como profesora o me saco una ingeniería en «estudia todo lo que puedas, cuantas más puertas te abra, mejor»? ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar cuerda? ¿Cómo no se vuelve completamente loca y depresiva la gente que se pasa varios años en paro? ¿Y los que no han tenido mis privilegios y no cuentan con las mismas herramientas que yo?

Realmente, el trabajo dignifica.